Por: Mariano Nguema Esono Medja
Profesor Universitario
Recuerdo con mucha nostalgia esta mañana una de las frases célebres de Miguel de Unamuno, quien decía a menudo: «Me duele España». A partir de esta frase, cada uno puede decir qué es lo que le duele; y yo sé, en realidad, lo que me duele: me duele que los valientes sean objeto de burla.
Anoche empecé a leer en algunos medios lo que para muchos es noticia: el hecho de que uno de nuestros hermanos haya sido deportado porque las políticas migratorias de Donald Trump le han afectado y, por lo tanto, ha debido regresar a su país de origen.
No sé si la información tan difundida lo es porque hayamos ganado un premio o si, en realidad, este tipo de cuestiones debería ayudarnos a todos a reflexionar, a hacernos preguntas profundas y no superficiales, a emitir juicios de valor basados en un razonamiento lógico y humano. Aunque no sé si muchos están para esa labor.
Bueno, a lo que voy.
Soy consciente de que la vida es el don más preciado que tiene todo ser humano y de que, si del hombre dependiera, viviríamos eternamente porque nos gusta la vida; pero, tristemente, no depende de nosotros. Y, a pesar de que nuestra existencia en la Tierra está limitada, muchos hacen lo que está a su alcance por vivir con dignidad.
Ahora bien, si la vida es el don más preciado, ¿qué nos imaginamos que puede llevar a alguien a arriesgarla?
Cuando miramos diferentes canales de televisión de Europa, vemos a menudo imágenes de hermanos de otras partes de África que lo arriesgan todo por llegar a Europa y que, si pudieran ir más lejos, cruzarían el Atlántico para llegar a Estados Unidos. En esta aventura muchos ni siquiera llegan a su destino, porque mueren en el camino; otros llegan milagrosamente y, aun habiéndolo conseguido, son nuevamente deportados.
Intentemos reflexionar un poco sobre esta cuestión.
¿Quién, en su sano juicio, teniendo todo en su país, me refiero a un puesto de trabajo estable y seguro, con buen salario, viviendo en un entorno seguro donde se respetan los derechos y las libertades públicas, así como la vida y la propiedad, lo dejaría todo para empezar de cero? ¿Quién lo haría?
Se dice que los jóvenes son la columna vertebral de los países. Muy bien, pero ¿qué pasa cuando esos jóvenes abandonan sus países, dejándolo todo para empezar de cero y arriesgando sus vidas? ¿Podemos decir que las cosas van bien?
Es verdad que ahora Deogracias Martín estará en boca de todos, así como el otro grupo que llegó antes, entre mentiras y verdades. Pero ¿quién vela por quién en nuestra sociedad? ¿No vivimos en una sociedad donde cada uno lucha por sus propios intereses?
¿Y qué hay de aquellos a quienes solo les queda su determinación de salir adelante con su familia y buscar mejores condiciones de vida porque, si no lo hacen ellos, nadie lo hará por ellos?
Admiro la valentía de todos nuestros hermanos que han sido deportados de Estados Unidos. Tienen mis respetos: lo dejaron todo para empezar de cero porque querían mejorar sus condiciones de vida, pero la suerte no les ha acompañado.
Me duele cuando aquellos que lo han conseguido se burlan de ellos; cuando hacemos eco de la noticia como si hubiéramos ganado un premio, cuando en realidad deberíamos hacernos muchas preguntas profundas.
Creo que en esta vida la inmensa mayoría de las personas no necesita ser millonaria, sino tener una vida estable y vivir con dignidad: un puesto de trabajo seguro, un salario aceptable y adaptado a la canasta básica, educación y sanidad garantizadas, una casita, un cochecito para moverse, y no más. Si ni siquiera esto, que es elemental, se puede tener, ¿esperamos que los jóvenes se queden con los brazos cruzados viendo pasar los días sin ninguna esperanza?
Humanamente, es injusto.
A todos mis hermanos deportados: sois unos héroes y unos valientes, aunque ahora muchos se rían de vosotros. Mis respetos. Esta vez no ha sido; la otra será.
Las preguntas internas de cada uno se quedan ahí.
Me duele todo.