Opinión: Cuando la política se convierte en un privilegio y la educación en un negocio, el país queda en venta

Soy plenamente consciente de que mis días sobre la Tierra, quedan pocos. También sé que en el país donde nací, cada ciudadano tiene, el derecho a la libertad de expresión, opinión, idea y de pensamiento, tal como lo recoge el elenco de derechos y libertades reconocidos en la Ley Fundamental en su artículo 13 y correspondientes incisos.
No podría irme de este mundo sin ejercer ese derecho con la dignidad que merece. Por eso escribo estas palabras: para que las generaciones futuras sepan que, en mi tiempo, La política en mi país era como una fotocopiadora vieja: hace ruido, traga papel y al final no imprime nada útil. Y la educación… ni tinta tiene.
Aquí, con una sola bala, apunto a dos pájaros.
La política de un país debería ser el conjunto de acciones, normas, decisiones e instituciones mediante las cuales una sociedad se organiza, se gobierna y decide colectivamente su rumbo. En otras palabras, debería ser un ejercicio de servicio, no una plataforma de privilegio.
En la línea de pensamiento de Jacques-Bénigne Bossuet, obispo y pensador francés del siglo XVII, quien afirmó: “La política debería ser el arte de hacer posible lo necesario”, me pregunto: ¿realmente, en el país que Jehová me ha enviado, existe algún arte, algún mecanismo real, para hacer posible lo necesario? ¿O acaso todo gira en torno a los intereses de una sola persona o de una élite privilegiada?
Ya es hora de dejar de maquillar ciertos sistemas bajo el rótulo de «democracias», cuando en realidad no lo son. Cuando el pueblo no tiene conocimiento, ni participación, ni control sobre las decisiones que lo afectan directamente, no se puede hablar de democracia. En este país, los políticos actúan como si no supieran lo que representan. Muchos ostentan sus cargos como si fueran títulos nobiliarios, privilegios heredados, cuando en realidad deberían ser funciones públicas al servicio del pueblo.
Ostentar un cargo político significa ejercer oficialmente una función de representación o gobierno, con poder para tomar decisiones que afectan a la sociedad y con responsabilidad directa ante los ciudadanos.
Entonces yo pregunto:
¿Dónde está esa responsabilidad?
¿Dónde están las decisiones con visión de país? ¿Realmente representan al pueblo o se representan a sí mismos? ¿Están allí por mérito y vocación o porque, a través de artimañas, han llegado a creerse con un supuesto “derecho divino”?
Es justo reconocer que en mi país hay quienes ejercen sus funciones con compromiso, con visión, y en favor de la población. Pero ¿y los demás? ¿Qué esperan? ¿Un aplauso por su inacción?
Un político verdadero debe: Tomar decisiones en función del bien común, actuar con transparencia, rechazar la corrupción, escuchar con respeto a todos, sin distinción de clase, raza o ideología, aplicar las leyes de manera justa y estar siempre disponible para rendir cuentas ante el pueblo soberano.
Quizás mientras leías esta especie de «misil balístico», te habrás preguntado:
¿Y la educación? ¿Por qué no habla de ella? Pues aquí te la lanzo con la misma fuerza.
La educación, en cualquier país serio, es la herramienta fundamental para el desarrollo humano, social y económico. A través de ella se forman ciudadanos críticos, se transmiten valores, se preserva la cultura y se fortalece la democracia y la equidad.
Pero en el país que Jehová me envió, la educación ha sido designada al último lugar. Es apenas un recurso decorativo en los discursos de cada año, y rara vez una prioridad real en las políticas públicas.
Como bien señala Michael W. Apple, pedagogo estadounidense: «La escuela ha sido transformada en una empresa, el conocimiento en una mercancía y el estudiante en un cliente» Cuánta coincidencia con la situación educativa de mi país.
¿Es así como debe ser? Yo digo que no.
La educación no puede ni debe ser tratada como un producto más en el mercado. No es una inversión para unos pocos, es un derecho colectivo. Es el primer recurso que tiene un país para alcanzar sus metas, su desarrollo, su libertad real.
Sin embargo, en este país, seguimos a años luz de esa visión. ¿Por qué? Porque quienes toman las decisiones han permitido o promovido que la educación se convierta en un negocio. Un mercado donde cada actor busca sacar la mayor ganancia posible, sin importar el daño social.
No me voy a callar hasta que vea una educación valorada, donde el conocimiento se respete, donde los cargos se consigan por mérito y no por conveniencia, donde la prioridad no sea el dinero, sino el bienestar del pueblo.
Solo entonces este país dejará de estar en venta.
Solo entonces dejaremos de hipotecar el futuro.
Debo agradecer profundamente a uno de mis mentores, José María Ntutumu Mba Bindang, por ser fuente de inspiración para esta opinión que, sin rodeos, llamo misil balístico.
Y envío un saludo fraterno a mis colegas de la Red de Periodistas del Sur Global, especialmente a: Deisy Toussaint, desde República Dominicana, Coralia Maradiago, desde Honduras, Michron Robinson, desde Barbados.
Gracias por ser voces firmes en sus trincheras.
Aquí escribe el Semi Dios,
único de la especie que no mendiga pan.



