SOCIEDAD

Las palabras del silencio               ‎                       Recordando a Marie Curie: el gran desafío del Continente Africano, mejorar a sus individuos‎

Por: Mariano Nguema Esono Medja, El Anciano

‎‎Un día más, las fuerzas nos permiten volver a tomar la pluma para abordar otra reflexión. Debo recordar que la hago inspirándome en una de las mentes más brillantes que ha tenido la humanidad, Marie Curie, quien aseguró en algún momento: «No se puede esperar construir un mundo mejor sin mejorar a los individuos».

‎‎Esta reflexión es profunda y multidimensional; sin embargo, quiero llevarla a su dimensión más sencilla y humilde: la de mejorar a los individuos. Este es, a mi juicio, uno de los grandes desafíos del continente africano.

‎‎Cuando Marie Curie afirma que no se puede construir un mundo mejor sin mejorar a los individuos, tenía toda la razón, se mire por donde se mire.

‎‎Hoy en día contemplamos megaproyectos impulsados por el ser humano, que incluso se plantea vivir en otros planetas, fruto de su esfuerzo intelectual. Sin embargo, también vemos que, a pesar de esos avances, en algunas latitudes todavía hay personas muriéndose de hambre. Es precisamente en este contexto donde quiero centrar mi reflexión sobre el continente africano.

‎‎Ya conozco la narrativa de que África es un continente sui generis, con sus particularidades y, en la inmensa mayoría de sus Estados, marcado por el legado de la colonización y por todo cuanto queramos añadir. Pero, a pesar de ello, también debemos reconocer la trayectoria independiente de los Estados africanos, ante los cuales se presenta, a mi entender, un gran desafío: mejorar a sus individuos.

‎‎Quisiera detenerme en el hecho de que el núcleo del humanismo no era otro que situar al ser humano como el centro del universo; es decir, como la creación más preciada de Dios, hecha, según la tradición cristiana, a su imagen y semejanza. ¿Qué implica que el ser humano deba ocupar el centro de todo?

‎‎Significa que cualquier proyecto que emprendamos no debe realizarse al margen del ser humano, de su dignidad y de su condición como persona.

‎‎Sin necesidad de recorrer todo el continente, basta con observar los medios de comunicación para contemplar las megaestructuras que se levantan en muchos países africanos: construcciones de toda clase, grandes infraestructuras y obras de enorme envergadura. Chapeau, eso está bien. Pero surge la pregunta del millón: ¿para quiénes, o para quién, se construyen esos proyectos? Que cada uno responda.

‎‎Paradójicamente, aunque es el ser humano quien hace posibles esas grandes realizaciones, la triste realidad es que, en muchos casos, sus condiciones de vida no mejoran. Ejemplos sobran.

‎‎¿Cómo podemos preocuparnos por construir grandes infraestructuras para proyectar una buena imagen mientras las personas pasan hambre?

‎‎¿Cómo invertimos enormes cantidades de dinero en seguridad y defensa si quienes deben garantizar esa seguridad y esa defensa padecen necesidades básicas?

‎‎¿Cómo destinamos millones y millones de dólares a cuestiones que el propio ser humano debe controlar si ni siquiera somos capaces de brindarle la atención que necesita?


‎África está experimentando crecimiento económico gracias a sus recursos, pero, tristemente, muchos africanos siguen padeciendo carencias esenciales. No puede haber un verdadero desarrollo de las infraestructuras si no existe, al mismo tiempo, un desarrollo de la persona humana, puesto que es ella quien las mantendrá, las utilizará y les dará sentido. Por eso es tan importante mejorar las condiciones de vida de las personas.


‎También conozco el argumento de algunos privilegiados, si así se les puede llamar, de que el Estado no lo hace todo. Yo sostengo que esa afirmación es una farsa. En realidad, el Estado tiene la capacidad de hacerlo casi todo.

‎‎Es el Estado quien diseña las políticas públicas que pueden mejorar o empeorar la vida de las personas. Por ello, es el responsable directo, en gran medida, del tipo de vida que llevan sus ciudadanos, pues esa realidad se construye a través de sus instituciones.

‎‎China, hace treinta años, no era lo que es hoy. El Estado decidió un rumbo y condujo a su población hacia él. Lo mismo puede decirse de Emiratos Árabes Unidos o de Catar, que hace apenas unas décadas estaban muy lejos de la realidad que hoy conocemos. Estos ejemplos demuestran que un Estado, cuando existe voluntad política, puede transformar profundamente la vida de su pueblo mediante el diseño y la aplicación de políticas eficaces.

‎‎¿Por qué los Estados africanos no pueden hacerlo? ¿Acaso no son Estados? ¿No disponen de recursos suficientes para mejorar la vida de sus ciudadanos y evitar que muchos de ellos tengan que emigrar y sean maltratados en otros países?

‎‎Mejorar a las personas pasa por garantizarles las necesidades básicas: alimentación, educación, sanidad, empleo y oportunidades de desarrollo.

‎‎Los Estados son quienes abren las puertas a la inversión extranjera, quienes promueven políticas sociales y quienes tienen en sus manos el modelo de ciudadano que desean formar en todos los ámbitos.

‎‎Por eso, la voluntad política resulta fundamental. Y, en este punto, conviene recordar nuevamente las palabras de Marie Curie:

‎‎»NO SE PUEDE ESPERAR CONSTRUIR UN MUNDO MEJOR SIN MEJORAR A LOS INDIVIDUOS».

‎‎Creo que ha llegado el momento de que los Estados africanos, por iniciativa propia y con el apoyo de sus socios para el desarrollo, sitúen a las personas como las primeras beneficiarias de sus proyectos de progreso.


‎Porque, de lo contrario, será difícil hablar de un mundo mejor mientras, en muchas sociedades, se anuncian grandes proyectos y, al mismo tiempo, miles de personas no pueden garantizar siquiera una comida al día. Y África continúa enfrentándose a esa realidad.

‎‎Que los recursos africanos sirvan para mejorar la vida de los africanos.

‎Continuaremos, si las fuerzas nos lo permiten.

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