OPINIÓN

Hoy nuestras familias nos agobian, nos retrasan. Pero ayer esas mismas familias nos dieron lo poco que tenían

Por: Mariano Nguema Esono Medja, El Anciano.

‎‎Una mañana más quisiera armarme de valor para poder reflexionar sobre algún aspecto de nuestra convivencia actual en la sociedad guineoecuatoriana. Al mismo tiempo, quisiera recordar las palabras del célebre pensador Santo Tomás de Aquino, quien decía: «Todo lo que se recibe, se recibe de acuerdo con la capacidad de recibir del receptor.» Una gran verdad. Esto implica que mi reflexión no es una receta médica ni la palabra de Dios. Sencillamente, es una humilde reflexión.


‎Quizá alguien se pregunte por qué debo reflexionar y sobre qué. Pues bien, mi condición de anciano, que ha vivido toda clase de experiencias y tempestades, me permite abordar estas cuestiones dirigidas a la juventud actual. Por eso, los ancianos tenemos la responsabilidad moral de guiar a nuestros jóvenes y ayudarles a entender que la vida no empieza con ellos, ni tampoco termina con nosotros.


‎Me relaciono mucho con jóvenes, tanto por mi condición de profesor universitario como por mi vida cotidiana como ciudadano. En esa relación observo una manera de pensar muy arraigada en muchos de ellos. Es frecuente escuchar expresiones como: «Mi familia no me deja avanzar; piensan que trabajo para ellos. No puedo hacer nada. Cuando estudiaba no veía a nadie; ahora que ya trabajo, todos están detrás de mí…», y un largo etcétera.


‎¿Nos resultan familiares estas expresiones? Sí. ¿Muchos tienen razones para pensar así? También. Pero una cosa es opinar y otra muy distinta es actuar en consecuencia. Entonces, ¿deberían comportarse de esa manera? Mi respuesta es no. Me explico.


‎He comenzado diciendo que esto no es una receta, sino una humilde reflexión.


‎Es verdad que en nuestras familias encontramos de todo: personas buenas y malas; quienes desean el bienestar de los demás y quienes, por el contrario, parecen alegrarse de sus dificultades. Esa es una realidad irrefutable.


‎Sin embargo, quiero centrarme en la manera de pensar de muchos jóvenes que, después de culminar su formación, ya trabajan, disfrutan de cierta independencia económica y pueden permitirse algunos lujos.


Cuando muchos afirman que sus familias los arruinan o no los dejan avanzar, puede que, en parte, tengan razón. En una familia donde una sola persona trabaja, hasta el pariente más lejano deposita todas sus esperanzas en ella. No saben, ni les interesa saber, cuánto gana, si tiene un plan de vida o cuáles son sus propias necesidades. Lo único que esperan es que les ayude.


‎Y es precisamente aquí donde quiero dirigirme a los jóvenes.


‎Sé que esa sensación puede generar un enorme desgaste emocional. Es frustrante saber que no se puede atender a todo el mundo. Pero tampoco debemos interpretar automáticamente que esas personas desean arruinarnos.


Hoy trabajas, pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que eras estudiante. Con todas las dificultades que implica estudiar, hubo personas que hicieron sacrificios silenciosos para que pudieras seguir adelante.


‎Y es aquí donde quisiera que te detuvieras un momento.

‎‎¿Recuerdas que, mientras asistías a clases, no tenías trabajo ni ingresos, y que algún tío, alguna tía, un amigo de tu padre o incluso una persona que apenas conocías invirtió parte de su tiempo, de su esfuerzo o de sus recursos para que pudieras comer?

‎‎¿Recuerdas aquellos años de formación en los que, mientras soñabas con tu futuro, alguien te ofreció un techo, aunque solo fuera por una noche?

‎‎¿Recuerdas, hoy que trabajas en Noble Energy, en la Tesorería General, en GELOTO, o desempeñas el cargo de director general o cualquier otra responsabilidad, que hubo personas que hicieron sacrificios para comprarte un cuaderno, un bolígrafo o un libro?

‎‎¿Recuerdas hoy a esas personas?

‎‎No vengo a dar recetas ni lecciones. Solo deseo invitarnos a tomar conciencia.

‎‎Muchos de quienes nos ayudaron ya no están en este mundo. Ni siquiera llegaron a vernos convertidos en los profesionales que hoy somos. Sin embargo, gracias a su contribución hemos alcanzado el lugar en el que la vida nos ha puesto.

‎‎¿Es humano, entonces, dar la espalda a quienes hoy necesitan una mano amiga?

‎‎¿Es justo pensar que todo lo que hemos conseguido ha sido únicamente fruto de nuestros propios méritos?

‎‎¿De verdad nadie hizo nada por nosotros?

‎‎Como ya he dicho, no niego que existan familiares envidiosos, personas que pudiendo ayudar no lo hacen porque prefieren vernos fracasar. Ese tipo de personas, para mí, no constituyen ejemplo alguno.

‎‎Pero también existen personas humildes que, desde su sencillez, lo dieron absolutamente todo por nosotros. Personas que se internaban en los bosques para recoger tubérculos y que, cuando parecía que ese día no habría comida, lograban que hubiera algo que llevar a la mesa.

‎‎Tomemos a esas personas como ejemplo. Si hoy la vida nos ha recompensado con alguna bendición, no demos la espalda a quienes necesitan de nosotros.

‎‎Tampoco hacemos algo diferente cuando, teniendo la posibilidad de ayudar, nos negamos a hacerlo so pretexto de que en el pasado nadie nos ayudó.

‎‎Debemos recordar el viejo adagio que dice: «El pasado ya está visto; el futuro es incierto.»


‎No pensemos, pues, que nuestras familias siempre quieren arruinarnos. Debemos construir nuestra vejez desde la juventud. Que los malos ejemplos del pasado no sean nuestra inspiración; que lo sean los buenos.


Recordemos a esas madres que, bajo la lluvia, pasaban horas en el mercado vendiendo al aire libre para poder llevar a casa, aunque fuera, un trozo de pescado. Era poco, pero era todo lo que tenían, y nos lo dieron.

‎‎Recordemos a esos padres que, en condiciones muchas veces infrahumanas, realizaban trabajos ocasionales y agotadores para alimentar a todos aquellos que dependían de ellos. Muchos de ellos trabajaron toda su vida, no para vivir con lujos, sino simplemente para sostener a una familia numerosa.

‎‎Por eso, hoy no deberíamos responderles diciendo que quieren arruinarnos.

‎‎Y si realmente todos te dieron la espalda durante tu formación; si saliste adelante prácticamente solo, aun así me cuesta creer que lo hayas conseguido absolutamente todo por tus propios méritos y que ningún ser humano te tendiera la mano en algún momento de tu vida.


‎Insisto: no pretendo dar lecciones de moral a nadie. Cada persona es libre de vivir su vida como considere conveniente. Pero el sentido común nos invita a mirar estas realidades con un poco más de humanidad, de gratitud y de solidaridad.


‎Continuaremos, si las fuerzas nos lo permiten…

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